El fantasma de la guarnición



Desde sus orillas, he presenciado el tremendo espectáculo de que en un día soleado, sin viento alguno, con un espejo de agua liso frente a mí tuviera, junto con mis acompañantes, que apartarme rápidamente de sus orillas cortadas a pico ante la violencia intempestiva con que el agua comienza a agitarse, como en un furioso temporal, para regresar, tiempo después, a la calma chicha del comienzo, sin explicaciones aparentes.

Es habitual observar objetos voladores no identificados evolucionando en sus cielos, y recuerdo el testimonio de suboficiales y soldados de la clase anterior a la mía, allí presentes, durante unas maniobras militares efectuadas en noviembre de 1978 en las inmediaciones del Musters. Cierta noche, estando varios de ellos de guardia, observaron una formación de extraños objetos luminosos en “V” cruzar el cielo prácticamente por el cenit. Permanecieron contemplando el espectáculo, especulando sobre la posibilidad de que se tratara de meteoritos, cuando, inesperadamente, “algo” comenzó a ocurrir en el lago o, mejor dicho, dentro de él. Tres gigantescas luces comenzaron a pulsar, como si tres reflectores dispuestos en triángulo en su fondo estuvieran enviando algún tipo de señales a los objetos que los sobrevolaron momentos antes. “No eran luces reflejadas –me comentaron posteriormente- ya que eran demasiado definidas, potentes y surgían desde una profundidad imprecisa”.

Siempre según sus manifestaciones, este fenómeno se repitió varias veces en las noches siguientes.

Los sucesos en particular que ahora nos ocupan comenzaron allá por 1954, cuando ocurrió un hecho luctuoso en su periferia. Cierto conscripto destinado al lugar había comenzado a flirtear con una jovencita del pueblo. Por la escasez de días francos sus encuentros debieron ser absolutamente furtivos, para lo cual debieron agudizar el ingenio con el fin de generar las situaciones de encuentro.
Esa noche, sin embargo, ocurrió algo con lo que ellos no habían contado; a última hora se dispuso una nueva distribución de guardias, y el conscripto en cuestión fue destinado a otro punto, sin tiempo de advertir a su reemplazante de la visita que tendría en la noche.

A la hora acordada, la joven bajó caminando por el sendero en dirección al puesto, lentamente, casi a tientas, ya que la noche era especialmente oscura. El soldado, ya de por sí nervioso –como declaró en las investigaciones posteriores- por el macabro lugar en que le tocaba hacer guardia, se asustó al escuchar los pasos y el ruido de piedras crujientes. Gritó el “¡Alto, quién vive!” de rigor, al cual la muchacha no respondió, quizás creyendo que era una broma de su novio, y siguió avanzando en silencio.

Según los reglamentos, el centinela debe repetir tres veces la voz de alto. Pero la tensión psicológica a la que este guardia estaba sometido era excesiva. Casi compulsivamente, disparó.

El 8 de agosto de 1979, nuestra compañía tomó a su cargo la guardia de la guarnición. En la fría y ventosa tarde, la leyenda había sido repetida y murmurada de oído en oído una vez más. Y, como si no bastara, al anochecer la luna llena asomaba sobre los árboles…

Alrededor de las once de la noche me encontraba escribiendo unas cartas personales en la oficina a mi cargo, en el área de operaciones de la compañía. Esa fue la razón que hizo que fuera el único no implicado directo que apreció en su verdadera intensidad la naturaleza y procedencia de la ráfaga de disparos que quebró el silencio de la noche. Los reconocí inmediatamente –seis o siete disparos de FAL- provenientes de algún puesto situado al otro lado de la guarnición, camino al pueblo. Salí corriendo, por instinto quitando el seguro de mi pistola 11.25. Aún flotaba en las mentes el estúpido amague de conflicto con la hermana República de Chile el año anterior y asimismo los últimos ramalazos de la actividad guerrillera no eran desconocidos en el sur del país.

Realmente me tropecé con el centinela que estaba de imaginaria en uno de los oscuros corredores. Casi sin aliento, llegamos juntos a las habitaciones de los suboficiales en el momento en que estos salían a medio vestir, y fue entonces cuando una nueva tanda de disparos se hizo escuchar nuevamente, pero ahora bastante más cerca. En tropel, entramos en la cuadra, y allá el zafarrancho era total. Imaginen ustedes 200 personas, distribuidas en hileras de camas de tres niveles, tratando de bajar de ellas, retirar su ropa y equipo de combate de los cofres, vestirse y correr al cuarto de municiones y armas, todo eso en el mayor silencio posible y en completa oscuridad, ya que si la guarnición estaba siendo atacada (que es lo que todos pensamos en un primer momento) nada nos expondría tanto a ser blanco como encender las hileras de luces fluorescentes. Dos disparos levemente aislados se escucharon nuevamente, pero esta vez en un punto muy próximo a los dormitorios, algo así como a unos 50 metros de nosotros. Seis soldados y un sargento primero salimos corriendo por una puerta lateral, corrimos hacia ese punto, llegamos en grupo… y en grupo nos tiramos al suelo cubierto de nieve, cuando en la penumbra divisamos la figura del centinela que, asustado, giraba de un salto y levantaba su fusil en nuestra dirección.

Rápidamente se reunió a los tres autores de los disparos y se les confinó en cuartos aislados, incomunicados, mientras un nuevo grupo de hombres tomaba la posición de estos. Sabíamos que le habían disparado a alguien o a algo, pero la rígida censura de los superiores nos impidió, en primera instancia, conocer los pormenores.

Debo la oportunidad de haber accedido a los confidenciales informes militares a las tareas oficiosas que hacía yo por entonces. Los hechos se desarrollaron de esta manera: exactamente a las 22.25, el soldado que ocupaba el “puesto del cementerio” (recuerden ustedes que fue el epicentro de los sucesos mencionados anteriormente), observó –o creyó observar- una “forma nubosa blanca” que proveniente del cementerio parecía desplazarse en su dirección. Dio la voz de alto las tres veces reglamentarias, pero como la “cosa” no dio señales de alterar su rumbo, disparó. En realidad, tendría que haber hecho un solo disparo, pero en el nerviosismo del momento olvidó llevar la traba de “seguro” a “automático” (en lugar de “semiautomático”) y de allí las ráfagas.

El soldado número dos (respetamos el anonimato sobre sus nombres) estaba situado a unos 200 metros del primero, y al escuchar las lejanas voces de alto de su compañero se aprestó a disparar.

A esa distancia no vio absolutamente nada, pero pocos minutos después escuchó sacudirse unos pajonales próximos a él, de donde surgió una forma que pudo observar en detalle. Su descripción sería, a partir de ese momento, ilustrativa de las que se repetirían en las noches siguientes: “Imagina -me comentaba al día siguiente, en la cantina de soldados- un cono levemente truncado en la parte superior, de alrededor de un metro y medio de altura y de unos 70 centímetros de ancho en la base, flotando a unos 30 centímetros del piso. Tenía volumen, era de un color lechoso y no parecía emitir luz propia sino más bien reflejarla, aunque no imagino de dónde. Se desplazaba bastante rápidamente, algo así como un hombre corriendo, y todo el conjunto parecía… vibrar o fluctuar, como si se lo mirara a través de una capa de aire caliente”. La aparición era demasiado clara –y sobrecogedora- para andarse con chiquitas: este centinela no dio la voz de alto y, simplemente, tiró a matar. Pero el ente no pareció darse por aludido y continuó su ronda a la guarnición (empero, no fue observado por los soldados del así llamado “puesto Roca”, el principal asiento de la guardia, acceso a la guarnición y que invariablemente se encontraba en su trayecto) hasta desaparecer poco después de ser divisado –y puntillosamente tiroteado- por el tercer conscripto.

La opinión de los militares profesionales era que el primer soldado había sido víctima de una confusión (a este respecto se trajo a colación la cuestión de la “leyenda”) y la inexperiencia y el miedo de los otros hizo el resto.

Pero esa nueva noche –entrando de guardia gente del batallón de artillería- todo recomenzó. Esta vez, los disparos se iniciaron a las 3 de la mañana, y recuerdo pocos despertares tan violentos. Otra vez a cambiarnos, armarnos, correr por municiones, esperar órdenes… y ser mandados nuevamente a dormir.

Todo continuó por seis noches más. Pero los jefes comenzaban a ponerse nerviosos. Se montaron guardias de dos hombres en algunos puntos mientras que en otros, estratégicamente distribuidos, se colocaron soldados solos con ejemplares magníficos de perros ovejero alemán a cargo de nuestra compañía. Me cupo la responsabilidad de haber sido quien sugiriera, al mayor a cargo de la misma, esta última variante. En efecto, por mis superiores era conocida mi dedicación a las investigaciones paranormales, y como el asunto parecía escapar a lo que enseñaban sus reglamentos habituales, se me consultó.

Supuse que, si en realidad se trataba de un mecanismo alucinatorio de naturaleza colectiva –c omo opinaban ciertos hombres de armas metidos a psicólogos- dos hombres no estaban más protegidos de alucinaciones que uno, y en realidad era más sencillo que se asustaran mutuamente. Un perro carece de esta predisposición neurótica, por lo cual sus reacciones y comportamiento serían más dignos de fiar. Digo esto de “más dignos de fiar” porque si bien todas las noches, a estar de las declaraciones, aparecía el ente, también es cierto que el miedo (o la ansiedad de ver algo) hacía que los soldados dispararan a casi cualquier cosa: tres “avutardas” (gran ave de color blanco y hábitos nocturnos), una oveja y una vaca pagaron con sus vidas esta verdadera cacería de fantasmas.

Pero no eran únicamente soldados inexpertos quienes lo observaban. Varios oficiales y suboficiales también lo hicieron, al punto de ser ellos quienes motivaron a los ya levantiscos conscriptos a “tirar primero y preguntar después”. Algunos episodios fueron antológicos. Como aquella noche en que una de las patrullas –se recorría el perímetro de la base en un camión Unimog con tres hombres y un cuarto montado con una MAG (ametralladora pesada) en el techo de la cabina- observó en un camino secundario al ente que se desplazaba parsimoniosamente. Se lanzaron en su persecución disparando, pero aquél arrancó con suficiente velocidad como para dejar atrás al Unimog –que no puede superar los 80 kilómetros por hora- y se desvió hacia unos matorrales que costean al lago Colgué huapí, desapareciendo de la vista.

Otra noche, este mismo camión, pero con tripulación distinta, se acercaba lentamente al puesto Roca, en un ángulo que no le permitía ser visto por los hombres que estaban de guardia frente a él mientras en su interior el relevo dormía, cuando sorpresivamente el ente se materializó frente al puesto, desplazándose muy próximo a una de sus paredes. El conductor del camión encendió todas las luces y avanzó hacia él mientras el operador de la ametralladora comenzaba a disparar. Los hombres que estaban en su interior durmiendo creyeron estar siendo víctimas de un atentado (los guardias se habían arrojado a la seguridad de un zanjón) hasta que tomaron sus armas y asomados a una ventana tirotearon las luces que se aproximaban. Fueron necesarios fuertes gritos de ambos bandos para detener lo que pudo ser una carnicería, pues fueron una veintena los balazos intercambiados. El frente del camión quedó en estado lamentable, y en la confusión la “cosa” se alejó tranquilamente.

Una de esas noches –la tercera a partir del comienzo de los incidentes- uno de los suboficiales ordenó a un centinela que me buscara para encontrarle en la plaza de armas. Era alrededor de medianoche, y este suboficial tenía interés en comprobar personalmente qué había de cierto en la historia. Sospecho que si me convocó fue porque buscaba cierta protección psicológica en mis conocimientos y experiencias previas, pero esto me venía de parabienes de todas formas, ya que no había logrado hasta entonces ser incluido voluntariamente en ninguna de las rondas de guardia.

Es así que allí estaba yo, con una temperatura bajísima calándome hasta los huesos (por esas épocas llegamos a tener sensaciones térmicas de hasta 20º bajo cero) recorriendo los puestos a la búsqueda de novedades. Al llegar al del cementerio, encontramos al soldado que allí había sido destinado junto con un soberbio ovejero alemán. Tomamos al animal y ambos, el suboficial y yo, nos dirigimos a paso lento directamente al camposanto. Traspusimos el alambrado y deambulamos durante largo rato entre las antiguas tumbas.

En determinado momento, nos sentamos a descansar sobre una lápida caída, junto a una tumba removida muchos años ha. Lado a lado, el militar y yo intercambiamos algunas palabras en voz baja, mientras frente nuestro, mirando hacia nosotros, se había echado, somnoliento, el perro.

Sorpresivamente, con un leve pero prolongado lamento, el animal irguió la cabeza y levantó las orejas, mirando fijamente hacia atrás nuestro, hacia algo que estaba detrás de nosotros.

El mismo pensamiento debe haber cruzado al unísono nuestras mentes porque, extrayendo rápidamente las pistolas de sus fundas, giramos ambos, buscando hacer puntería. Movimiento en realidad más que inútil, puesto que ya estaba visto que nada podían hacer las balas a lo que íbamos a enfrentar. No me molesta decirlo: tuve miedo, mucho miedo. Recuerdo que en ese segundo, una frase retumbó en mi cerebro: “que no esté allí”. Tiempo después, el suboficial me comentó que instintivamente rogó que todo fuese una falsa alarma, que nada hubiera tras nosotros; una idea muy similar a la que habitó en mí en esos instantes.

Y desde esa posición, echados cuerpo a tierra, allá, a unos 20 metros, aún dentro del perímetro del cementerio, flotó por un segundo una niebla luminosa de contornos imprecisos y algo así como un metro de diámetro que tan sorpresivamente como apareció, se desvaneció. Hecho esto, el perro volvió a tranquilizarse y nosotros a intercambiar los más desconcertantes comentarios.

Muchas veces me he preguntado: ¿Qué hubiera ocurrido si en el momento de darme vuelta, en vez de resistirme a la aparición la hubiera deseado desde el fondo de mi temor, pero no con el sano temor de la autoconservación, sino con el pánico cercano a lo cerval con que sé que muchos soldados la habían esperado? Y asimismo me respondo: con toda seguridad, yo hubiera sido uno más de los múltiples testigos de esa semana alucinante.


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