El fantasma de Santa Ágata

Originalmente, la casa fue ocupada por sus padres, pero, después de la muerte de su madre, su padre volvió a Busseto. Verdi y Giuseppina Strepponi, la cantante de ópera con la que convivió antes de hacerla su esposa en uno de los primeros escándalos en que se vio involucrado llegaron a vivir en ella en 1851.

Verdi amplió la casa original de la propiedad mediante la adición de dos alas con terraza al frente, además de invernaderos, una capilla, y garajes para coches en la parte trasera y una expansión considerable de las zonas verdes que rodean la casa y la plantación de árboles, algunos muy exóticos, en su origen.

Hoy en día, la villa es propiedad de descendientes de Verdi. Los visitantes pueden ver las habitaciones situadas en la planta baja del ala sur, que fueron ocupados por el compositor y su esposa, otras habitaciones de arriba son utilizados por funcionarios e invitados.

Las habitaciones incluyen la habitación Strepponi con su cama de dosel, la habitación donde Verdi dormía y trabajaba, más el estudio de la habitación, donde Verdi en general mantenía su cuentas, que ahora contiene partituras de piano y muchos recuerdos relacionados con la vida de Verdi, la última sala, la habitación del hotel de Milán, contiene muebles de la habitación 157 del Hotel de Milán que se encuentra cerca de La Scala en la que Verdi falleció el 27 de enero de 1901. La habitación también contiene la camisa que llevaba Verdi a su muerte Los visitantes también pueden ver donde ver donde Verdi ensayaba y el parque turístico que contiene más de 100 variedades de árboles y la gruta de hielo (gruta artificial que en los inviernos se llena de hielo y donde conservan alimentos, haciendo la función de refrigerador gigante).

Sin embargo, a pesar de la gran belleza de la edificación este no es su mayor encanto pues alrededor de ella se tejen una serie de intrigas que acompañaron la vida del célebre compositor y que parece siguen después de su muerte y que hablan de una serie de misteriosas desapariciones, muertes y otros tantos sucesos los que aparentemente dejaron una huella tan profunda en la posada que incluso dejaron a sus propios fantasmas habitándola, dando para la historia una de las fotografías más misteriosa, más clara y más estudiada.

Esto sucedía el 14 de noviembre de 2000 cuando se cumplían 103 años de la muerte de la anfitriona de la casa. La fotógrafa Blanca Berlín encargada por Alonso Ibarrola, un apasionado de la ópera y los viajes que pide sean tomadas unas fotos de la casa para ilustrar un reportaje suyo sobre las rutas de Verdi. Para el momento que la fotógrafa empieza a escoger las mejores imágenes se encuentra con algo que no esperaba, un acompañante más de su estadia de quien no habían tenido noticias, pues en el momento allí solo se encontraban la guiadora del museo, Alonso y Blanca; lo cierto del caso es que la imagen está allí. El equipo del jesuita José María Pilón analizó la foto con uno de sus colaboradores, Lorenzo Plaza, físico óptico del CSIC y experto en temas fotográficos, su criterio fue que acudiesen al laboratorio fotográfico que reveló la foto y pidiesen una investigación exhaustiva para poder descartar un posible accidente de revelado o de sobreimpresión.

En los laboratorios de Madrid, la diapositiva fue sometida durante tres horas al examen de un scanner de altísima resolución. En la imagen aumentada, se pueden observar las arrugas del pantalón del espectro, se descarta que la figura tenga gafas y da la impresión de que viste una capa. La mano no puede apreciarse al completo porque parece cubrirla una especie de mitón. Sus dedos proyectan una sombra sobre el teclado, la misma que proyectan el resto de los objetos de la habitación.

Se desechó que se pudiera tratar de una impresión previa o un accidente en el revelado por contacto con otro rollo. Se buscaron rastros de velo o de sobreexposición u otras imágenes en los contornos de la figura aparecida, que tendrían que haberse producido en caso de haber ocurrido una sobreimpresión, muy improbable al tratarse de un final de carrete en el que el resto de los fotogramas no tienen interferencias.

Tampoco es posible que se cruzase alguien en la trayectoria de la cámara en el momento del disparo, realizado con trípode a una velocidad no inferior a 1/8 de segundo, pues se constató en la imagen del scanner que la figura no presenta el más mínimo rastro de movimiento, si la figura hubiese estado inmóvil, se habría impresionado con la misma nitidez que el propio piano. Y ni la fotógrafa ni las otras tres personas presentes durante la sesión vieron a nadie y, además, la casa estaba cerrada al público. El criterio del laboratorio fue que no había habido sobreimpresión.

La familia niega reconocer al personaje en la fotografía como igualmente se niegan a continuar cualquier investigación al respecto.

Lo que es verdad es que entrar a un sitio como este puede traernos una gran cantidad de sensaciones algunas sublimes y otras no tan agradables.


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