Hitler y Las Sociedades Secretas

Un ejemplo de esto podemos encontrarlo en un libro titulado El hombre que dio a Hitler sus ideas habla de Jörg Lanz von Liebenfels, quien había sido monje cisterciense y fundó una orden que usaba la esvástica. Lanz editó desde 1905 el periódico “Ostara”, el cual conocía Hitler, en el que las teorías raciales arias y antisemíticas habían sido desarrolladas claramente.

Sin embargo, mucho más importante para el “trasfondo oculto” del nacionalsocialismo es el papel del movimiento cátaro (catarismo) y la Sociedad Thule. La cuestión se complica mucho más aquí.

El catarismo, cuyos orígenes se sitúan a finales del siglo X, era una religión solar que rechazaba el Antiguo Testamento judío y partía del maniqueísmo como expresión de la eterna lucha entre la luz y la oscuridad, representandos por el Sol y la Luna.

De hecho, las cruces gamadas, célticas y otros símbolos pasaron a ser representativos del culto al astro rey. Pero además, este movimiento transfirió otros rasgos al pensamiento hitleriano, como el sayal negro con toca persa, muy parecido al uniforme que posteriormente emplearía las SS, la castidad, el rechazo al judaísmo, a la comunión y al bautimos cristiano.

Esta sociedad surgió a partir de la Orden Germánica fundada en 1912 y dirigida por Rudolf von Sebottendorf, quien había estado en Oriente y publicó un extraño folleto titulado La práctica de la antigua francmasonería turca.

A través de su experiencia vital, caracterizada por sus continuos viajes y estudio de la cultura islámica, Rudolf desarrollo un profundo odio hacia los movimientos de izquierdas para convertirse así en el firme impulsor del mito de la supremacía racial aria. Este movimiento encontró una gran acogida en un momento histórico marcado por la guerra y la desesperada búsqueda del hombre por la salvación.
La Sociedad Thule fue menos una organización iniciática que una sociedad secreta, que ya usaba la esvástica y que fue marcada por un antisemitismo decidido y un pensamiento racial germánico

Trata acerca de los cátaros, llamados también albigenses, quienes fueron una secta herética que se extendió especialmente en el sur de Francia entre los siglos XI y XII, y que tenía su centro en la fortaleza de Montségur. De acuerdo con Otto Rahn, ésta fue destruida en “una cruzada contra el Grial”, como se titula uno de sus libros. Lo que el Grial y los Caballeros del Grial tenían que ver con esta secta permanece completamente en la oscuridad.

La secta se distinguía por un tipo de maniqueísmo fanático: algunas veces sus propios creyentes morían de hambre o por otra causa como una demostración de su desapego del mundo y su rechazo a la existencia terrestre en carne y materia

Hitler formo parte de esta orientación desde 1919. Lo curioso es que él no había sido un simple afiliado del movimiento que quisiera solamente pertenecer a este grupo con el que compartía valores. Él quería algo más. Y lo consiguió, porque le enseñaron a potenciar sus capacidades, a aumentar su seguridad y amor propio y a perfeccionar su habla.

Lo cierto es que Hitler no se creía Dios, pero sí un predestinado suyo. Se veía como depositario de los secretos del Temple, llegados a sus manos por intercesión divina al haber sido elegido – tal era su firme convencimiento- para llevar a cabo una misión destinada a cambiar definitivamente el rumbo de la Humanidad.

Millones y millones de alemanes si creyeron que el Führer era una suerte de enviado. Y era una creencia que se extendía no-solo entre el pueblo, sino igualmente entre los intelectuales y científicos, entre los ministros y correligionarios del partido: lo creyeron incluso, hasta muchos de sus adversarios políticos.

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