Los sorprendentes feretros que se mueven

La losa que cubre la tumba es muy pesada y de gran tamaño (4 por 2 metros de supericie), por lo que es retirada de forma muy ardua por los hombres que iban a enterrar a la señora Chase. El féretro es introducido en un sitio que está lógicamente completamente a oscuras, por lo que los trabajadores encienden sus respectivos quinqués. Cuando lo hacen, los operarios y la familia se quedan estupefactos, pues no alcanzan a entender por qué está el ataúd de Anna Mary movido hacia un rincón, y el de Thomasina junto a la pared opuesta a la entrada. Sin comprender nada, depositan en el suelo el féretro de Dorcas Chase, ponen en su sitio los otros dos, y cierran la tumba entre grandes dificultades, por el considerable peso y tamaño de la losa.

La familia, una vez reunida, se detuvo a analizar aquello tan desconcertante. No veían cómo había sido posible que los ataúdes, revestidos de plomo y que debían ser movidos entre varias personas por su tremendo peso, podían haber sido movidos de aquella manera y para qué. En un primer momento pensaron que los esclavos negros habían entrado en el panteón y habían profanado las tumbas, ya que habían asistido al entierro de Anna Mary y tenían mucho odio a su amo, el patriarca Thomas Chase, por su tiranía y malas formas con ellos. Además, este agrio carácter había llevado a su hija Dorcas a suicidarse.

Aquellos sirvientes negaron categóricamente tales acusaciones, y la verdad es que no parecía que hubieran sido ellos, porque además no había habido ni robos ni ningún tipo de ultraje en los féretros, tan sólo su desplazamiento, por lo que no había ningún motivo aparente que hiciera sospechar de aquellas personas. Los esclavos, aterrorizados, decían que aquello era obra de espíritus.

Un mes más tarde, el 9 de agosto, el amo Thomas Chase también falleció y su féretro fue llevado al panteón sin ninguna incidencia, pero cuatro años más tarde, el 25 de septiembre de 1816, la losa fue quitada para enterrar en el panteón a un niño llamado Samuel Brewster Ames y de nuevo estaban los féretros movidos de sus sitios respectivos. Los negros fueron otra vez acusados, y de nuevo negaron su implicación en los hechos.

Pasados tres meses, se produjo otro fallecimiento. El enterramiento iba a tener lugar el día 17 de noviembre, y una gran muchedumbre se concentró junto al panteón, pues ya se llevaba años corriéndose la voz de los extraños movimientos de los ataúdes. Y en efecto, una vez levantada la losa para introducir el nuevo féretro, todos los que allí estaban se encontraban totalmente desordenados. El de la señora Goddard estaba bastante roto y estropeado, pero no por manos ajenas, sino más bien parecía estar así por el desgaste. Asimismo, las paredes, el techo y el suelo no presentaban ningún signo de deterioro que no fuera el normal por el paso del tiempo. Otra vez los féretros fueron colocados en su sitio original y el panteón sellado por la pesada losa.

La fama del misterioso panteón había llegado a Europa y por eso, cuando el 17 de julio de 1819 falleció Thomasina Clarke y su cuerpo había de ser enterrado en dicho lugar, se abalanzó una multitud de curiosos que querían ver si de nuevo aquellos féretros estaban desordenados. Entre estos curiosos se encontraba el gobernador de Barbados, el vizconde de Combermere.

Se procedió a introducir el féretro de Thomasina en el panteón y, efectivamente, de nuevo se encontraron los ataúdes desordenados. Los operarios volvieron a escudriñar todos los rincones pero volvieron a no encontrar nada sospechoso, así que se ordenó que se recubriera el suelo de arena bien fina, para así conseguir las huellas de aquel o aquellos que se atrevían a mover los ataúdes. Se tapó la bóveda, y tanto el gobernador de Barbados como los operarios que allí estaban trabajando, marcaron con sellos el cemento que se puso al colocar la bóveda.

Pasados unos meses, concretamente el 18 de abril de 1820, se decidió volver al panteón a pesar de que en esa ocasión no había ningún muerto que enterrar. Para ello, el vizconde, que estaba deseoso de saber si su experimento había dado resultado, invitó a varias personalidades: el Honorable Nathan Lucas, el reverendo Thomas Orderson, el Mayor J.Finch, el señor Rowland Cotton y el señor R. Bowcher Clark, entre otros nombres y un grupo de esclavos negros bastante aterrados.

Cuando llegaron, advirtieron que nadie había tocado el cemento y por tanto los sellos continuaban en su sitio, es decir, que en teoría nadie había podido mover los ataúdes dentro del panteón. Pero cuando se picó el cemento para proceder a entrar al interior, y se apartó la losa, todos oyeron un ruido extraño, como de algo al rozar. Se trataba de uno de los ataúdes, que había sido arrojado contra la losa, y, al mover ésta para entrar en el panteón, el féretro había sido arrastrado, de ahí el sonido de rozamiento.

Todos, bastante asustados y desconcertados, vieron que era el féretro de Anna Mary el que se encontraba incrustado en la pared del fondo, causando daños al muro. El resto de ataúdes, como ya se estaba haciendo habitual, estaban disgregados por el suelo de todo el panteón. Era imposible que nadie se hubiera colado, al menos desde fuera, y por dentro el panteón había sido analizado decenas de veces y se sabía que no había ningún recodo ni pasadizo que pudiera facilitar la entrada de nadie desde el interior. Además, en la fina capa de arena que se había dispuesto, no se halló huella alguna. Uno de los testigos declaró que todo estaba en buen estado y que era imposible hallar indicios de que nadie hubiera entrado allí. Por otro lado, señaló que los negros le tenían demasiado respeto a la muerte como para ponerse a jugar moviendo féretros. Además, todos los testigos notaron el tremendo terror en sus caras. Era imposible que fueran ellos.

Esa fue la última vez que se pudo ver los ataúdes movidos de un lado a otro del panteón, ya que se decidió sacarlos de allí y trasladados a diversos rincones del cementerio. A pesar de las diversas especulaciones, nunca se supo quién o qué había movido aquellos pesadísimos ataúdes y el por qué de moverlos.


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