Todo Misterio

La Web del Misterio

Serendipias: más allá de la casualidad.

¿Qué es una Serendipia? Alguna vez ha escuchado hablar de casualidades imposibles, de coincidencias más allá de las probabilidades… Pues a esos rocambolesco hallazgos, a esos giros del destino afortunados, a esos hechos  casuales, de coincidencia o accidente son los que llamamos Serendipias.

El término “Serendipia” es una derivación del término inglés “Serendipity” que fue ideado en 1754 por Horace Walpole a raíz de un cuento persa llamado “Los tres príncipes de Serendip” en el cual los príncipes hallaban soluciones problemas más insospechados de las formas más inesperadas y casuales.

Repasemos algunas de estas serendipias textuales que nos ha dejado la Historia:

En el libro “Futilithy” o “The wreak of Titan”, los escritores W.T.Stead y Morgan Robertson narran la historia de un buque llamado “Titan” naufraga en aguas del Atlántico Norte en el mes de Abril, los barcos llevan 3000 personas a bordo, y no tienen botes salvavidas para todas las personas, se hunden en el viaje inaugural, llevaba cuatro chimeneas y tres hélices, desplazaban 75000 toneladas y median 300 metros, su capitán se llamaba Smith… y el hundimiento lo provocó el choque contra un iceberg…Esto fue escrito en 1880 y en 1898, bien, en Abril de 1912 se hundiría el mítico “Titanic” que atendía a las descripciones de ambos escritores… Su capitán se llamaba Smith…¿casualidad?

En la noche del 28 de Julio de 1900, el rey Humberto I de Italia cenaba con su ayudante en un restaurante de la localidad de Monza, donde debía presenciar un concurso de atletismo al día siguiente. Con gran sorpresa observó que el propietario del establecimiento era idéntico a él. Por curiosidad, entabló conversación con él, y fue descubriendo que existían entre ellos otras semejanzas. El dueño también se llamaba Humberto; al igual que el rey, había nacido en Turín, y en el mismo día; y se había casado con una chica llamada Margarita el mismo día en que el rey se casó con su esposa, la reina Margarita. Y había inaugurado el restaurante el día en que Humberto I fue coronado rey de Italia. El rey quedó fascinado e invitó a su doble a que asistiera al concurso de atletismo con él. Pero al día siguiente, ya en el estadio, el ayudante del rey le informó que el dueño del restaurante había muerto aquella mañana después de que le hubieran disparado misteriosamente. Y mientras el rey expresaba su pesar, un anarquista que surgió de entre la multitud disparó contra él y le mató.

Otra extraña coincidencia conectada con una muerte ocurrió mucho más recientemente. El domingo 6 de agosto de 1978, el pequeño despertador que el Papa Pablo VI había comprado en 1923 -y que durante 55 años le había despertado a las seis cada mañana- sonó repentinamente, y de un modo estridente. Pero no eran las seis; eran las 9:40 de la noche y, de forma inexplicable, el reloj empezó a sonar cuando el Papa yacía moribundo. Más tarde, el padre Romeo Panciroli, portavoz del Vaticano, comentaría: «Fue de lo más extraño. Al Papa le gustaba mucho el reloj. Lo compró en Polonia y lo llevaba siempre consigo en sus viajes.»

Edgar Allan Poe, escribió un libro titulado El relato de Arthur Gordon Pym. En él, el señor Pym viajaba en un barco que naufragó. Los cuatro supervivientes pasaban muchos días en un bote antes de decidirse a matar y comerse al grumete, cuyo nombre era Richard Parker. Unos años después, en el verano de 1884, el primo de mi bisabuelo era grumete de la yola Mignonette cuando ésta se hundió, y los cuatro supervivientes navegaron a la deriva en un bote durante muchos días. Finalmente, los tres miembros mayores de la tripulación mataron y se comieron al grumete. Su nombre era Richard Parker.

Al periodista Irv Kupcinet le iba a suceder algo muy curioso: “Acababa de llegar al hotel Savoy de Londres. Al abrir un cajón de mi habitación descubrí, para mi mayor sorpresa, que contenía algunas cosas personales pertenecientes a un amigo mío, Harry Hannin, que viajaba con el equipo de baloncesto de los Harlem Globetrotters. Dos días después recibí una carta de Harry, enviada desde el hotel Meurice, en París, que empezaba así: «No te lo vas a creer…» Según parece, Harry había abierto un cajón de su habitación y había encontrado una corbata con mi nombre. Era un habitación en la cual yo había estado unos meses atrás”. ¿Casualidad?

Una vez salieron los pares 28 veces seguidas en el casino de Montecarlo. Las posibilidades de que esto ocurra es de una entre 268 millones. Pero los expertos afirman que como podía suceder, sucedió y volverá a suceder en algún lugar del mundo si suficientes ruletas siguen girando durante el tiempo necesario. Wells -un inglés gordo y ligeramente siniestro- se transformó en tema de esa canción en 1891, cuando hizo saltar tres veces la banca del casino de Montecarlo. Aparentemente, no usaba ningún sistema: apostaba cantidades iguales a rojo o negro, ganando casi todas las veces, hasta que, finalmente, sobrepasó la banca de 100.000 francos asignada a cada mesa. En cada ocasión los empleados cubrieron la mesa con un lúgubre paño negro de «luto» y la cerraron por el resto del día. La tercera y última vez que Wells apareció en el casino, colocó su primera apuesta en el cinco: las posibilidades de que saliera eran de una entre 35. Ganó. Dejó la apuesta original y le añadió sus ganancias. El cinco salió de nuevo y volvió a salir cinco veces más. Apareció el paño negro. Wells se marchó con sus ganancias y nunca más fue visto en el casino.

En una gira por Texas, en 1899, el actor canadiense Charles Prancis Coghlan enfermó en Galveston y murió. Estaba demasiado lejos (5.600 km, por mar) para enviar sus restos a su pueblo de la isla Prince Edward, en el golfo de San Lorenzo. Fue enterrado en un ataúd de plomo, en una tumba excavada en granito. Sus huesos habían descansado menos de un año cuando el gran huracán de septiembre de 1900 azotó la isla de Galveston, inundando el cementerio. La tumba sufrió graves daños y el ataúd de Coghlan flotó hasta el golfo de México. Lentamente, derivó por la costa de Florida hacia el Atlántico, donde la corriente del Golfo lo arrastró hacia el Norte.

Pasaron ocho años. Un día de octubre de 1908, unos pescadores de la isla Prince Edward vieron un cajón alargado y estropeado por la intemperie flotar cerca de la costa. El cuerpo de Coghlan había vuelto a casa. Con respeto y temor, sus paisanos isleños enterraron al actor en la iglesia más próxima, donde había sido bautizado.

Más impactante e increíble puede resultarnos los paralelismos y analogías entre las muertes de los presidentes de Estados Unidos Abraham Lincoln y John F. Kennedy: En 1860, Lincoln fue elegido presidente de los Estados Unidos; Kennedy, en 1960; ambos fueron asesinados en presencia de sus respectivas esposas y en el mismo día de la semana, en viernes; los dos fueron heridos mortalmente por una bala en la cabeza, disparada en ambos casos por la espalda; los presidentes que les sucedieron se llamaban Johnson en uno y otro caso. Los dos Johnson representaban a los demócratas del Sur y ambos fueron también miembros del Senado. El sucesor de Lincoln, Andrew Johnson, nació en 1808; Lindon B. Johnson, en 1908; el presunto asesino de Lincoln, John Wiikes Booth, nació en 1839; el presunto asesino de Kennedy, Lee Harvey Oswald, en 1939. Ninguno de ambos presumibles ejecutores pudo ser juzgado, ya que ambos fueron asesinados antes de que eso pudiera ocurrir; el secretario de Lincoln, apellidado Kennedy, le aconsejó insistentemente que dejara de acudir al teatro donde resultó asesinado; el secretario de Kennedy, apellidado Lincoln, aconsejó al presidente que no fuera a Dallas; las esposas de ambos presidentes perdieron un hijo mientras ocupaban la Casa Blanca; John Wilkes Booth dio muerte al presidente Lincoln en un teatro y huyó hasta un almacén; Lee Harvey Oswald disparó al parecer sobre el presidente Kennedy desde un almacén y huyó hasta un teatro.

Otras curiosas casualidades o serendipias las tenemos en: (citas textuales)

  • 1922, Alexander Fleming estaba analizando un cultivo de bacterias, cuando se le contamino una placa de bacterias con un hongo. Más tarde descubriría que alrededor de ese hongo no crecían las bacterias y se imaginaria que ahí había algo que las mataba. Aunque él no fue capaz de aislarla, es el inicio de la Penicilina.

  • 1870, John Wesley Hyatt, un inventor, estaba prensando una mezcla de serrín y papel con cola, porque creía que así conseguiría el nuevo material. Pero se cortó un dedo, y fue a su botiquín. Sin querer, volcó un frasco de colodión (nitrato de celulosa disuelto en éter y alcohol). Esto provocó que quedara en su estantería una capa de nitrocelulosa. Al verla, Hyatt se dio cuenta de que este compuesto uniría mejor su mezcla de serrín y papel, en lugar de la cola. De este modo se inventó el celuloide.

  • Friedrich Kekulé, químico, llevaba mucho tiempo intentando encontrar la huidiza estructura de la molécula de benceno. Simplemente, no se conocía una estructura de seis carbonos que tuviera las propiedades químicas que exhibía. Según cuenta él mismo en sus memorias, una tarde, mientras volvía a casa en autobús, se quedó dormido. Comenzó a soñar con átomos que danzaban y chocaban entre ellos. Varios átomos se unieron, formando una serpiente que hacía eses. De repente, la serpiente se mordió la cola y Kekulé despertó. A nadie se le había ocurrido hasta ese momento que pudiera tratarse de un compuesto cíclico.

  • Las notas Post-it surgieron tras un olvido de un operario, que no añadió un componente de un pegamento en la fábrica de 3M. Toda la partida de pegamento se apartó y guardó, pues era demasiado valioso como para tirarlo aunque apenas tenía poder adhesivo. Uno de los ingenieros de la empresa, hombre devoto, estaba harto de meter papelitos en su libro de salmos para marcar las canciones cuando iba a la iglesia. Los papelitos no hacían más que caerse. Pensó que sería ideal tener hojas con un poco de pegamento que no fuera demasiado fuerte y que resistiera ser pegado y despegado muchas veces. La vieja partida de pegamento malogrado acudió a su mente. Habían nacido las notas Post-it.

  • El Principio de Arquímedes fue descubierto al introducirse en una bañera y observar cómo su cuerpo desplazaba una masa de agua equivalente al volumen sumergido. Salió desnudo a la calle gritando la famosa palabra: ¡eureka!. Para solucionar aquel dilema Arquímides estuvo a punto de perder la vida ya que el rey creía que el joyero le había engañado al hacer la corona de oro, en el peso, y: o encontraba una solución o perdía la vida… Al final perdió la vida el joyero por ladrón.

Son sólo algunas muestras de lo que a simple vista puede ser un hecho fortuito y que sin embargo esconde algo más que el azar… Serendipia es su definición…¿le ha ocurrido alguna vez?


© 2008 Ediciones Absalon
Informacion Legal | Contacto | Publicidad