Apariciones marianas: el valor de la Fe


La temperatura era cada vez más baja, sentía como mis huesos se congelaban poco a poco, como aquellos minutos se hacían eternos mientras un extraño sopor se apoderaba de mi… De repente, a lo lejos, vi un extraño resplandor, pensé que debía ser una partida de búsqueda que venía en mi auxilio o que había encontrado alguna casa en el bosque donde sería bien recibido… Me apresuré hacía ella pero cuando más cerca me encontraba noté que aquella forma era un fulgor sobre la copa de uno de aquellos frondosos árboles… Me acerqué un poco más, y un poco más, y más hasta que caí de rodillas a apenas unos de metros… No podía creer lo que estaba viendo, lo que estaba viviendo… Sobre aquel árbol una luz fulguraba iluminando todo su alrededor, aquella luz no deslumbraba y dejaba ver bajo ella una forma… Puse toda mi atención, entorné los ojos y haciendo un esfuerzo descubrí una forma humana bajo ella. Comencé a llorar, comencé a rezar, en una oración ahogada que me salía desde dentro pese a no ser persona especialmente religiosa, por que lo que estaba viendo no era de este Reino… Bajo aquella luz se encontraba una señora que parecía transmitirme un mensaje de paz y tranquilidad, de extrema dulzura y bondad… Vestía un manto blanco y rosado y su mirada apaciguó mis temores. No sentía ya frío o miedo, sólo una infinita sensación de tranquilidad me embargaba…


A la mañana siguiente los primeros cantos de las aves del bosque me despertaron, abrir los ojos sobresaltados y me encontré en aquel mismo lugar donde había tenido tan extraño encuentro… Pensé que todo había sido un sueño pero sin embargo algo me decía que había sido algo más… Evalué la situación y comprendí que algo extraordinario debía de haberme pasado ya que me encontraba perfectamente, no tenía hambre ni frío, estaba descansado y el día me indicaría el camino a seguir… Di gracias a mi buena estrella y al girarme comprendí que había algo más… Bajo aquel viejo castaño destacaba entre la corteza la forma en relieve de la Virgen María, la misma forma que había presenciado, que me había acompañado y protegido… Me acerqué y la toque desprendiéndose del árbol sobre mis manos y lo imposible se hizo realidad.


Sin notar su peso sobre mis hombros me encaminé a lo más alto de aquel bosque para hallar rápidamente la delimitación de un viejo camino… Lo seguí y me encontré con una coqueta aldea, todos al verme aparecer me preguntaron que la Guardia Civil había estado buscándome y donde me había perdido… La contarle la historia todos me tomaron por loco hasta que les mostré la imagen de la Virgen María sacada de la madera de aquel castaño y una exclamación entre la devoción y el asombro calmó la curiosidad de todos…


Han pasado ya muchos años de aquello y hoy en el lugar hay una bella ermita construida sobre aquel árbol al que volví sin dudar como sabiendo el camino movido por una desconocida fuerza interior… El tronco del árbol es parte hoy de un altar y la imagen, la talla, de aquella Virgen domina la ermita con su inmaculado manto blanco transmitiendo una paz eterna. Es la Virgen de la Buena Estrella como la quisieron llamar todos los habitantes de aquella aldea, sobre la que se ha creado una gran devoción y una popular romería que cada vez congrega a más fieles”.


Este relato podía ser -muy bien- el estereotipo de muchas de las apariciones, o encuentros, marianas que, a lo largo de la Historia, se han vivido en cualquiera de las poblaciones de esta Sevilla, o de nuestra Andalucía. Poblaciones que han vivido un suceso milagroso o han encontrado una imagen tejiéndose alrededor de ella toda una serie de hechos extraños o increíbles que han dotado a esa imagen de fervor, milagrería y popularidad, no en ese orden. No en esa importancia muchas veces.


Cuando transcurren ya jornadas de gran intensidad para los romeros que han puesto sus pasos camino de la aldea de El Rocío, cuando son muchos los nervios y la devoción que desata la imagen de la “Blanca Paloma”, y el Quema da la bienvenida a tantos devotos, es conveniente que conozcamos igualmente la leyenda de su encuentro, la leyenda de su hallazgo. Así en las Reglas de la Hermandad Matriz, en 1758, se narra de la siguiente forma: Cuenta la piadosa leyenda sobre la aparición de la imagen de la Virgen que: “Entrado el siglo XV de la Encarnación del Verbo Eterno, un hombre que, o apacentaba ganado o había salido a cazar, hallándose en el término de la Villa de Almonte, en el sitio llamado de La Rocina (cuyas incultas malezas le hacían impracticables a humanas plantas y sólo accesible a las aves y silvestres fieras), advirtió en la vehemencia del ladrido de los perros, que se ocultaba en aquella selva alguna cosa que les movía a aquellas expresiones de su natural instinto. Penetró aunque a costa de no pocos trabajos, y, en medio de las espinas, halló la imagen de aquel sagrado lirio intacto de las espinas del pecado, vio entre las zarzas el simulacro de aquella Zarza Mística ilesa en medio de los ardores del original delito; miró una Imagen de la Reina de los Ángeles de estatura natural, colocada sobre el tronco de un árbol. Era de talla y su belleza peregrina. Vestíase de una túnica de lino entre blanco y verde, y era su portentosa hermosura atractivo aún para la imaginación más libertina.

Hallazgo tan precioso como no esperado, llenó al hombre de un gozo sobre toda ponderación, y, queriendo hacer a todos patente tanta dicha, a costa de sus afanes, desmontado parte de aquel cerrado bosque, sacó en sus hombros la soberana imagen a campo descubierto. Pero como fuese su intención colocar en la villa de Almonte, distante tres leguas de aquel sitio, el bello simulacro, siguiendo en sus intentos piadosos, se quedó dormido a esfuerzo de su cansancio y su fatiga. Despertó y se halló sin la sagrada imagen, penetrado de dolor, volvió al sitio donde la vio primero, y allí la encontró como antes. Vino a Almonte y refirió todo lo sucedido con la cual noticia salieron el clero y el cabildo de esta villa y hallaron la santa imagen en el lugar y modo que el hombre les había referido, notando ilesa su belleza, no obstante el largo tiempo que había estado expuesta a la inclemencia de los tiempos, lluvias, rayos de sol y tempestades.

Poseídos de la devoción y el respeto, la sacaron entre las malezas y la pusieron en la iglesia mayor de dicha villa, entre tanto que en aquella selva se le labraba templo. Hízose, en efecto, una pequeña ermita de diez varas de largo, y se construyó el altar para colocar la imagen, de tal modo que el tronco en que fue hallada le sirviese de peana. Aforándose aquel sitio con el nombre de la Virgen de Las Rocinas”.


Otra variante de aquella leyenda nos cuenta como un vecino de la Villa de Mures, de Villamanrique de la Condesa (Sevilla), llamado Gregorio Medina allá por el siglo XV, mientras se encontraba de caza, le sucedió lo imposible… Había salido a cazar, se echó unos palos (sortear con los compañeros de partida de caza la ubicación de su puesto de caza en “Corona de la Virgen”), junto a él perros e instrumentos de caza, mochila y otras artes se encaminó a su puesto en el lugar llamado “de las Rocinas” por la espesa vegetación que en él crecía, lugar que despertaba la envidia de sus compañeros de partida por las buenas piezas que se cobraban ya que los bosques de Mures e Hinojos, estaba más prohibida la caza y la presencia de perros y disparos ahuyentaban las presas hacia Las Rocinas y Oñana. Hacía allá encaminó sus paso nuestro protagonista, cruzó el Gato y la Encantada y comenzó a buscar presas que cobrar que se refugiaban en los huecos de los árboles del entorno, encontrando cobijo entre los acebuchales y fresnos. En esa tarea se encontraba cuando escuchó ladrar insistentemente a uno de sus perros, prefirió seguir a lo suyo pero la insistencia del cánido hizo que fuera a echar un vistazo en la zona y allí comenzó a buscar entre la maleza mientras el perro arañaba con sus patas el tronco de un árbol… Cuando llegó a él nuevamente lo imposible se obró: de su interior sacó una imagen, una pequeña talla, que no medía más allá de setenta centímetros, en su espalda pudo leer: “María de los Remedios me llamo”. Comprendió que algo prodigioso debía de ocurrir en la introdujo en su mochila de caza… Sin embargo cuando salió de Las Rocinas un sopor se apoderó de él y quedó dormido… Al despertar aquella imagen ya no estaba, la buscó pero no la halló, regreso al lugar donde la había encontrado y allí estaba… Gregorio Medina comprendió que aquella imagen no pertenecía nadie y si a un lugar, y allí la dejó llevando la buena nueva a la vecina localidad de Almonte y el comentario, la noticia, el hallazgo corrió por la comarca acudiendo muchos a ser parte del hallazgo, del “milagro”. Este hecho creó alguna tensión entre las localidades más cercanas –Almonte y Villamanrique de la Condesa- que se resolvería como era costumbre: midiendo la fuerza de los bueyes y hacía el lado que se decantaran pertenecería la imagen. Pero aquellos robustos animales no dirimieron la cuestión y se interpretó como voluntad de la Virgen el permanecer en aquel lugar, el mismo donde había sido hallada. Y se dispuso el recoger limosnas para restaurar aquella imagen que sería colocada donde fue hallada frente al arroyo de Las Rocinas, de donde tomaría su nombre: “Nuestra Señora de las Rocinas” hoy conocida como “Virgen del Rocío”.

A decir de los expertos e historiadores aquella primitiva talla debió ser del siglo XIII de autor anónimo, siguiendo el patrón de las devocionales marianas de la época, es posible que debido a la invasión musulmana fuera introducida en el hueco de aquel árbol en el inhóspito paraje y que siglos después fuera hallada por un desconocido cazador de la zona.

De aquel encuentro nos queda una trova que ha sobrevivido al paso del tiempo y que recoge de forma armónica la “crónica” de su hallazgo. Está fechada en el siglo XV su composición y es considerada como el segundo de los texto “históricos” que nombra a la Virgen, siendo en sí una transcripción de la versión oral transmitida a lo largo de los siglos. Dice así textualmente:

 

A Nuestra Madre del Rocío

se la encontró

un cazador.


Era de Villamanrique,

que iba cazando.

¡Vaya un encuentro gozoso

para contarlo!

 

Goro Medina era el nombre

del cazador elegido,

que, echando suerte en la caza,

hasta Las Rocinas vino.

 

En un viejo árbol

de aqueste lugar

vio la Santa Imagen;

postróse a rezar.

 

 El cazador fue y dio cuenta

al pueblo que pertenece,

que era el pueblo de Almonte,

al que la Virgen devuelve.

 

 Vinieron por Ella

y la veneraron.

Le hicieron su ermita

y aquí la dejaron

 

¡Quién nos iba a decir

que aquella Imagen

iba a hacer tantos milagros

por todas partes!

No obstante habría que añadir que encontramos en las crónicas históricas como en el año 1270 el rey Alfonso X, llamado “El Sabio”, mandó construir en el lugar llamado de “Las Rocinas” una ermita con devoción a la Virgen debido, y en conmemoración, a la reconquista del lugar de manos infieles y ser un lugar donde abundaba la caza tan practicada por el más sabio de nuestros reyes. Aquel lugar tan cercano es hoy parte del Coto de Doñana.

Sin embargo hay en nuestra provincia otros encuentros con lo extraño, en forma de hallazgo “milagroso” o aparición mariana… Hallazgos que van más allá de la razón entrando en la difícil racionalidad de la fe…

Desplacémonos hasta la Sierra Norte de Sevilla, viajemos a la coqueta localidad de Cazalla de la Sierra; le propongo visitar el Santuario de la Virgen del Monte unto a la Ribera del Hueznar y contemplar a Santa María del Monte. Cuentan las crónicas más fervorosas como joven pastor encontró la imagen de su Virgen, estaba en un hueco en el camino, al hallarla la tomó en brazos y del hueco dejado en el suelo broto un manantial de agua… En época de persistente sequía fue un hecho milagroso, y hecho insólito… La metió en su zurrón y se encaminó al pueblo a contar su hallazgo y que todos contemplaran aquella imagen, pero en el camino cayó en un tremendo sopor, al despertar de su repentino letargo comprobó como la imagen había desaparecido… Volvió al lugar y la halló donde mismo la encontró, la introdujo en su zurrón y se encaminó nuevamente al pueblo pero el fenómeno se repitió…, hasta tres veces debió de regresar a buscarla entendiendo que “Virgen del Monte” no quería ser movida de allí y en el lugar se edificó su santuario. Se le han otorgado numerosos milagros en la localidad sevillana y en 1635 se la proclama como patrona de Cazalla de la Sierra.

A mediados del S. XVI, en un paraje de esta localidad conocido como “El Robledal” se apareció la Virgen sobre un viejo roble a un vecino de la Villa de Constantina. Había surgido un brote de peste bubónica en la comarca cobrándose numerosas víctimas…,y el pueblo más que nunca necesitaba un milagro para sobrevivir. El joven Melchor pastoreaba con el rebaño de ovejas de la familia en la zona de robles, junto a un transitado abrevadero perteneciente a la mesteña Cañada Real del Robledo, cuando sobre aquel vetusto árbol vio el fulgor de la imagen de la Virgen, en aquel mismo instante comenzó a sanar la población de la villa y la parca con su negra guadaña se alejó de la comarca. Allí mismo se erigió una pequeña ermita donde darle culto a la Santísima Virgen del Robledo” tras el milagro de su aparición.

Finalizo ya con otro de esos hechos imposibles sucedidos en Sevilla, en su provincia, teniendo como protagonistas a la devoción y a la imagen de María Santísima. En esta ocasión déjenme acompañarles hasta El Pedroso, igualmente en nuestra Sierra Norte. Villa conquistada cristianamente por Fernando III en el año 1247, encintramos a su patrona en la “Virgen del Espino”. Así encontramos nuevamente en las crónicas históricas un relato que ya debe sernos bastante familiar. Corría el siglo XVII cuando Gregorio Argaiz sobre la Virgen del Espino de Burgo de Osma escribía: “tiénese por tradición que fue aparecida y hallada sobre un árbol de esta especie en un espinar, que estaba alrededor de una torre, que había en esta villa del Burgo, y así en memoria del espino le dieron el nombre por haber sido aparecida y hallada en él, en el siglo XIV”. Quedando así su hallazgo extendido hasta nuestra particular imagen en la serranía sevillana…

Casualidad o no parece que los designios de lo Eterno son inescrutables y no sabremos nunca donde comienza la Historia y donde acaba la Leyenda fundiéndose en un crisol de tradiciones. Quizás sea el propio ser humano el que, conscientemente, no desee poner fin a esa leyenda embriagado por el siempre dulce aroma del fervor, la tradición, la fe, la devoción, la necesidad de creer en algo más que lo racional…o, ¿por qué no?, en el valor de la amistad en cualquiera de las coloristas romerías que salpican la geografía de esta Andalucía nuestra.

 

 

 


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