Misterios de la Música: Paganini y Tartini


Se sabe Nicolo Paganini nació el27 de octubre 1782, llegaba quien hasta el día de hoy es considerado como el violinista más virtuoso que ha existido sobre la tierra, se dice de él que en sus conciertos solía tocar con cuerdas de violín que se encontrasen muy gastadas para que estas se reventaran a media interpretación, para que así este gran violinista pudiese demostrar su extremo virtuosismo e impresionar a su publico conocedor, terminando impecablemente aun y con la falta de una y hasta dos cuerdas de las cuatro que posee este instrumento.

Paganini de complexión sumamente delgada y no muy agraciada físicamente, estaba consciente de que como artista debía ofrecer a su publico lo mejor de lo mejor en cuanto a ejecución musical se refiere, por lo tanto pasaba extenuantes jornadas perfeccionando su técnica en el violín, a consecuencia de su obsesión por la perfección sus manos se llegaron a deformar tanto que se cuenta que cada una, al ser extendidas median 45 centímetros.

Su público en recompensa al esfuerzo de este músico, no encontró otra explicación al virtuosismo de Paganini que atribuirle un pacto con el diablo, Muere el 27 de mayo de 1840 a la edad de 57 años.
Se ha escrito sobre él que era sobrenatural. Las notas mágicas que salían de su violín tenían un sonido diferente, por eso nadie quería perder la oportunidad de escuchar su espectáculo.

Una noche, el escenario de un auditorio repleto de admiradores estaba preparado para recibirlo. La orquesta entró y fue aplaudida. El director fue ovacionado. Pero cuando la figura de Paganini surgió, triunfante, el público deliró. Paganini coloca su violín en el hombro y lo que sigue es indescriptible. Blancas y negras, fusas y semifusas, corcheas y semicorcheas parecían tener alas y volar con el toque de aquellos dedos encantados.

De repente, un sonido extraño interrumpe el ensueño de la platea. Una de las cuerdas del violín de Paganini se rompe.

El director paró. La orquesta paró. El público paró. Pero Paganini no paró. Mirando su partitura, él continuó extrayendo sonidos deliciosos de un violín con problemas. El director y la orquesta, admirados, vuelven a tocar.

El público se calmó, cuando, de repente, otro sonido perturbador atrae la atención de los asistentes. Otra cuerda del violín de Paganini se rompe. El director paró de nuevo. La orquesta paró de nuevo. Paganini no paró.
Como si nada hubiera ocurrido, olvidó las dificultades y siguió arrancando sonidos imposibles. El director y la orquesta, impresionados, vuelven a tocar. Pero el público no podía imaginar lo que iba a ocurrir a continuación. Todas las personas, asombradas, gritaron un “OOHHH!” que retumbó por toda aquella sala.

Una tercera cuerda del violín de Paganini se rompió. El director paró. La orquesta paró. La respiración del público paró. Pero Paganini no paró.

Como si fuera un contorsionista musical, arrancó todos los sonidos posibles de la única cuerda que quedaba de aquel violín destruido. Ninguna nota fue olvidada.
El director, embelesado, se animó. La orquesta se motivó. El público partió del silencio hacia la euforia, de la inercia hacia el delirio. Paganini alcanzó la gloria. Su nombre corre a través del tiempo.
mundofree.com, escribe que en el siglo XIX, el italiano Niccoló Paganini (1782-1840) hizo un pacto con el Diablo para, a cambio de su alma, convertirse en el más grande violinista de su tiempo…
O al menos así narra la leyenda concebida por la gente de aquel romántico siglo, la llamamos leyenda realmente porque la Iglesia arremetió contra la idea de que el diablo pudiera convertir a Paganini en lo que terminó… la gente, más dispuesta a creer en una diabólica influencia que en incontables horas de práctica, como única manera de explicar la “endiablada” habilidad técnica de Paganini para tocar el violín. Obligado primero por su padre (que quería hacer de él un niño prodigio y que lo azotaba a diario e incluso en publico) y luego por sí mismo, Paganini adoptó la costumbre de practicar doce horas diarias, e incluso sometió su mano izquierda a tortuosos esfuerzos un tanto sanguinolentos y masoquistas para ganar flexibilidad, logrando llevar a su máximo desarrollo la escuela violinística italiana de su tiempo. Dicen que se clavó un tornillo en la muñeca y que le dijeron que para toda la vida le seria imposible moverla… pero sí pudo, si podía en el escenario, donde se rodeaba siempre de velas y sal marina y portaba en el cuello un anticristo…
Se decía que había estado en prisión por supuestos homicidios pasionales, que había hecho las cuerdas de su violín con las vísceras de alguna de sus amantes, hígados e intestinos, que su violín desprendía sangre, que nunca lo vieron practicar fuera del escenario y que habían sorprendido al diablo guiando el arco de su violín en inverosímiles movimientos durante los conciertos… y muchas cosas horribles más. De todo eso se sirvió Paganini para publicitarse por toda Europa, al punto de que cuando llegó a París en 1831, durante una epidemia de cólera, su presencia despertó tal fanatismo que los parisinos se olvidaron de la mortal plaga que abatía la ciudad. Y era admirado no sólo por aficionados nobles y plebeyos, sino también por sus propios colegas y coetáneos, como Rossini, Berlioz, Liszt y Chopin.

En la vida de Paganini mito y realidad son, pues, difíciles de separar. Fue un hombre huérfano de madre y con un padre estricto y desvariado (El cual se suicidó ahorcándose dejándolo solo en el mundo). Los biógrafos se contradicen, hay misterios todavía insolubles. Pero lo cierto es que este hijo de Génova nació un 27 de octubre y aprendió los fundamentos musicales con su padre y luego con violinistas locales, presentándose en público siendo niño todavía. Viajó a otras ciudades para perfeccionarse en violín y composición, pero se lo considera más que nada un autodidacta. Siendo un jovenzuelo, se lanzó a la aventura, aunque por su inexperiencia se vio envuelto en líos. No se sabe con certeza qué hizo entre 1801 y 1805: habría estado en el principado de Lucca, creado por Napoleón, donde fue violinista de la corte y amante de la princesa Baciocchi, hermana del Gran Corso. Luego empezó con las giras de conciertos que lo hicieron rico y famoso, primero por toda Italia y a partir de 1828 por Viena, Praga y las principales urbes de Europa. En 1834 retornó a su patria. Debido a una enfermedad nerviosa, dio cada vez menos conciertos. Finalmente, debilitado por una tuberculosis laríngea, producto de una mala operación, se retiró a Niza, Francia, donde murió.

Se dice que poco antes de su muerte improvisó como nunca en su violín, el grandioso “Cañón”. Aunque no pudo terminarlo, porque ocurrieron sucesos inexplicables… una cuerda sangrante de su violín se rompió y cortó su cara, destruyéndole el párpado superior izquierdo y su oreja. Tambien se dice que su padre, Audcsias Montori Paganini, espiritualmente lo seguía y acosaba y que él.

Quizás la leyenda del violinista del diablo se baso en lo que alguna vez relato Tartini acerca de su sonata “El trino del Diablo”: “Una noche, en 1713, soñé que había hecho un pacto con el Diablo y estaba a mis órdenes. Todo me salía maravillosamente bien; todos mis deseos eran anticipados y satisfechos con creces por mi nuevo sirviente. Ocurrió que, en un momento dado, le di mi violín y lo desafié a que tocara para mí alguna pieza romántica. Mi asombro fue enorme cuando lo escuché tocar, con gran bravura e inteligencia, una sonata tan singular y romántica como nunca antes había oído. Tal fue mi maravilla, éxtasis y deleite que quedé pasmado y una violenta emoción me despertó. Inmediatamente tomé mi violín deseando recordar al menos una parte de lo que recién había escuchado, pero fue en vano. La sonata que compuse entonces es, por lejos, la mejor que jamás he escrito y aún la llamo “La sonata del Diablo”, pero resultó tan inferior a lo que había oído en el sueño que me hubiera gustado romper mi violín en pedazos y abandonar la música para siempre….”

A Tartini le acompañó toda su vida un aura novelesca y de misterio que por fuerza había de reflejarse en su obra musical. Desde su peripecia con la innoble dama con la que contrajo matrimonio, que le acarreó el odio numantino del poderoso Cardenal Cornaro, también encaprichado con la fémina, y el exilio; pasando por su adiestramiento solitario y enclaustrado en el arte del violín, que llegó a dominar como nadie; hasta sus ensoñaciones con demonios violinistas; todo ello contribuyó a levantar una leyenda en torno al que devino célebre autor de El Trino del Diablo.

Lo cierto es que Tartini, al margen de estas aventuras, fue el descubridor del llamado tercer sonido” o “sonido de Tartini”, el autor de un complejo Tratado de Música influido por las matemáticas, el compositor de bellas e inolvidables sonatas para violín solo… y un enamorado de la poesía. Tartini tenía la costumbre de anotar versos en los márgenes de las partituras. Pero no de cualquier modo: la escritura de Tartini es otro más de sus misterios, por sus rasgos casi indescifrables.

En el presente disco se recuperan algunas de las sonatas para violín solo del músico de Pirano, lo que sumado a la inclusión de diversas canciones a partir de los poemas del Tasso, de Pietro Metastasio y de Paolo Rolli (favoritos de los gondoleros venecianos), convierten este nuevo registro de Zig-Zag en una auténtica delicia. La interpretación al violín barroco de Chiara Banchini se inscribe en su delicadeza y elegancia habituales, y la voz de Patrizia Bovi es pura pero, sobre todo, plena de una mágica capacidad de transportarnos a un tiempo pasado y enigmático. Si a ello añadimos un libreto maravillosamente ilustrado, resulta difícil no hacerse con este disco colmado de belleza y buen gusto. Uno de los tesoros del año.


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