Ciudades perdidas, ciudades legendarias

Otro afortunado explorador de fines del siglo pasado fue el arqueólogo americano Edward Herbert Thompson, quien, en las soledades de la retorcida selva al norte de Yucatán, descubrió, junto con su guía indio, las monumentales ruinas de la ciudad más famosa del nuevo imperio maya: Chichén Itzá. Al igual que Stephens, Thompson había sido conducido por una crónica; la del primer obispo de Yucatán, Diego de Landa, quien en 1566 escribiera su Relación de las cosas de Yucatán.

Desde el mítico El Dorado (nombrado y perseguido por los conquistadores españoles del siglo XVI) a la legendaria ciudad perdida de Zinj, que la tradición ubica en las selvas tropicales de África Central (y que el novelista Michael Crichton rescatara del olvido para colocarla como centro de su novela Congo), las ciudades perdidas han venido enriqueciendo la literatura y la exploración existe un inventario de ciudades encontradas por exploradores como Gene Savoy, Johan Rehinhard, Peter Frost, Nicholas Asheshov y otros, Para información de los lectores, de todas las ciudades perdidas o restos arqueológicos hallados en el mundo, se puede afirmar que más del 80 por ciento de estas, han sido halladas por aventureros, exploradores, investigadores y otros, sin que los llamados a hacer este tipo de labor (los arqueólogos) hayan participado en tal honrosa aventura (es que a decir de ellos no son aventureros, sino, “científicos”).

Así el explorador Schliemann descubrió Troya; la mítica ciudad de Homero descrita en La Ilíada, que hasta esa fecha era considera una genial y poética leyenda. Gracias a la intuición de Claudios Rich, se realiza el descubrimiento de Babilonia, cuyo único precedente de su existencia se encuentra solo en cortísimos relatos bíblicos; Y que decir de la tumbas de Tutankhamón, Petra, la ciudad de piedra; el propio Machu Picchu, Espíritu Pampa -Vilcabamba la vieja, Choquequirao, etc. Todas ellas fueron descubiertas por personajes que no mostraron mayor oficio que el de aventurero. Al leer e interiorizarnos sobre estos descubrimientos extraemos lecciones que nos muestran como las antiguas leyendas han perdido tal condición, transformándose en ciudades reales. Inscripciones esotéricas (adjudicadas, indistintamente, a fenicios, hebreos, romanos, egipcios o vikingos) han venido siendo encontradas en América por un sin fin de exploradores desde hace tiempo. Nunca ninguno pudo certificar la autenticidad de esas escrituras ni entregar, a un cuerpo de técnicos especialistas, un ejemplar material de ellas. Sólo comentarios, rumores, pruebas perdidas en accidentes, pero jamás un dato seguro, una datación comprobable o un sitio específico en donde encontrarlas. Siempre un imaginario desaforado que devora cualquier resto de sentido común y cientos de investigaciones, responsables y serias. En 1850, un francés llamado Angrand confesó abiertamente, mientras abría zanjas en un lugar identificado más tarde como Choquequisau, que lo que le había atraído eran los rumores sobre «el inmenso tesoro (…) enterrado entre las ruinas cuando los supervivientes de la raza del Sol se retiraron a su refugio impenetrable». Como era de esperar, este aventurero francés no encontró absolutamente nada.

Teilhard , jesuita teólogo y paleontólogo. En la década de los años veinte del siglo pasado viajó al Asia Central uniéndose a la expedición Haardt-Citroen en la búsqueda de la misteriosa ciudad perdida de Agartha. Lo más probable es que también buscase los restos ocultos de la secta de los esenios basándose en la teoría de que este grupo se replegó hacia una región oculta de Asia después de que Jerusalén cayese en manos de los romanos. Aunque dejó un importante obra escrita, mucha fue publicada después de su muerte y una importante cantidad de manuscritos podrían permanecer en los archivos secretos de los jesuitas en Raven…


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