Los fuegos de Laroya

Aunque los primeros días se crearon grupos de vigilancia para capturar a los posibles pirómanos, pronto se descubrió que el  origen de todo aquello estaba provocado – según contaron los que vivieron aquellos momentos-, por unas  “bolas de luz blanca o azulada”, perfectamente visibles durante la noche. Surgían  de la nada y flotaban en el aire con una intensidad inusitada.

Laroya no tenía en aquellos tiempos  de posguerra, ni suministro eléctrico ni depósitos de combustible o de productos químicos que pudieran provocar o explicar lo que estaba sucediendo. Durante más de dos meses aguantaron estoicamente aquellos almerienses,  tensas jornadas de  angustia, miedo e incertidumbre. La prensa de la época daba cuenta de más de cuatrocientos incendios constatados  que nadie había podido prever ni evitar. Nada parecía quedarse exento del riesgo de terminar convertido en cenizas.

La Guardia Civil  de  Macael fue informada de lo que acontecía. Muchos de sus miembros fueron testigos en repetidas ocasiones de los hechos denunciados. Uno de los oficiales, el teniente Antonio Arriba, vio como ardió su abrigo cuando iba a colgarlo en la percha de una de las viviendas que investigaba.

Cuando los “fuegos” se fueron extendiendo por la zona,  la prensa nacional se hizo eco de la noticia . “El Correo de Andalucía” y “ABC” incluirán en sus páginas  extensos reportajes sobre el evento. Las autoridades se vieron  obligadas a tomar cartas en el asunto. Enviaron  varias delegaciones científicas al lugar de los hechos para que lo estudiaran y pudieran dar una explicación que tranquilizara a las  víctimas.

Las instituciones  científicas más reconocidas intervinieron en las investigaciones. Podemos citar entre ellas el Centro Geofísico del Consejo Superior de Investigaciones Científicas con el Dr. López Azcona   Llorente y el meteorólogo  Román Samaniegos, el Instituto Sismológico de Almería  con D. José Rodríguez Navarro y el Servicio de Magnetismo y Electricidad Terrestre del Instituto Geográfico y Catastral. Como responsable de éste último estaba Don José Cubillo Fluiters, empeñado en demostrar que los fenómenos podía explicarse con los recursos que la Ciencia tenía a su alcance.  Con un complejo instrumental iba de un lado a otro, haciendo mediciones y tomando nota de lo que observaba. Sin embargo, el escéptico científico tuvo que ver como todo su equipo  ardía delante de sus ojos, sin que nada ni nadie pudiera evitarlo.

José  Cubillo, ( “que no pudo apagar el fuego ni con su apellido” decían en el pueblo), se marchó  sin poder dar razón de lo que allí estaba pasando. Sin embargo, en el informe oficial con fecha 30 de Junio de ese mismo año, relaciona los motivos descartables:

“No han sido originados por actividad volcánica, ni por trastornos geológicos que hayan dado lugar a desprendimiento de materias de ignición  (…) El origen de los incendios no se halla en manifestaciones internas ni en la superficie del terreno. Tampoco cabe achacar la causa a fenómenos eléctricos ni a la ionización de la atmósfera, ni a efectos térmicos de radiaciones solares.

En resumen, no hay una causa definida a la que pueda achacarse todos los sucesos ocurridos y debe descartarse, desde el primer momento, toda sospecha  de que hayan sido provocados por la mano del hombre”.

Una vez emitido el informe oficial, lo único que parecía claro era que nadie podía explicar lo que estaba pasando en el aquel pequeño municipio almeriense. Cuando la reiteración de los incendios dejó de ser noticia, los periódicos dejaron de hablar del acontecimiento, aunque las gentes del pueblo siguieron sufriendo sus consecuencias, durante mucho tiempo después.
El investigador Iker Jiménez Elizari pudo recoger varios relatos de algunos de los lugareños que aún recordaban detalles que vivieron durante el tiempo que duraron los fuegos.

– “Aquí  dentro de la sierra –le confesó uno de los testigos – , se vio también una figura rara. Nosotros le decíamos “El Niño” Surgió de aquellos montes. De eso sí me acuerdo”.

Según describen, la figura de “El Niño” tenía aspecto cadavérico, pequeña estatura y emitía constantemente  algo parecido a radiaciones o luces de alta intensidad. Cuando tuvimos ocasión de visitar el pueblo de las llamadas “combustiones espontáneas”, varios vecinos comentaban que según les habían contado a ellos, los que decían haber visto a “El Niño” lo recordaban con aspecto desagradable, ingrávido (es decir, sin apoyarse en el suelo),  y sin apenas movimientos.

–  “Cuentan -nos dijo uno  de ellos- que daba miedo verlo y que no se parecía a ningún ser humano normal conocido”.-

Otra historia relacionada con estos sucesos es la de la familia de María Martínez Martínez , conocida como “la Niña de Fuego”. En varias ocasiones, esta  vio como ardían su ropa. Decidió suicidarse ingiriendo sosa cáustica. Su hermano se ahorcará dentro del cortijo y su otra hermana, se precipitaría  por un barranco, decidida a poner fin a sus días. Poco después de estas muertes, los llamados “fuegos” desaparecieron definitivamente. La superstición hizo que se relacionaran con la idea de que ellos fueran los que generaban los fuegos  de forma  mediumnica.

Como es sabido, estos fenómenos llamados de “combustión espontánea”  se  han podido constatar en distintas partes del mundo. Son casos célebres la muerte en extrañas circunstancias de Corneli Bandis. En Laroya volvieron a prducirse en 1950.
Laroya es en la actualidad un pueblecillo encantador, de gentes amables y hospitalarias, que inmerso en un paisaje de de leyenda, cuentan todavía, con temor y asombro, una historia singular, de la que fueron protagonistas sus mayores.

Existen oros ejemplos similares al de Laroya que se han producido en nuestro país. El caso más antiguo data de 1903, y afectó a un lugar muy concreto: una escuela del Argamasilla de Alba, en Ciudad Real (España). En 1976, dos aldeas gallegas, Nogallans y Outeiro, ubicadas en el concejo de Trazo, se enfrentaron al mismo enemigo. Los incendios atacaron los pastos durante una sola semana, y luego desaparecieron. Nunca se descubrió al culpable de los mismos. En 1996, le tocó el turno a la localidad coruñesa de Sillobre. El pánico de los vecinos llegó a ser tan grande que la Consejería de Medio Ambiente de la Junta de Galicia tuvo que intervenir. Una vez más, los expertos no encontraron ninguna evidencia que pudiese desentrañar el misterio. Más recientemente, en marzo de 2004, las alarmas saltaron en Canneto di Caronia, un pequeño pueblo costero de Italia. En una veintena de viviendas de la localidad ardieron sin explicación objetos de muy diversa índole. Aunque en un principio se creyó que los incendios se debían a una avería en el suministro eléctrico, su sustitución por un generador no resolvió el misterio. Según informa la Sociedad Española de Investigaciones Parapsicológicas (SEIP), fue necesario declarar el estado de emergencia y evacuar a los habitantes del pueblo de forma temporal.


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