Voces premonitorias


 

Helen, de 26 años, aseguró a su madre que se había acostado a las 11 de la noche del día anterior y  que no había despertado hasta que la oyó llamar a la puerta. “Pero yo te vi, hablé contigo”,  exclamó la señora Tillotson. Y añadió que Helen le había dicho que fuera inmediatamente a su casa,  sin hacer preguntas.

Súbitamente se produjo un gran estruendo en la calle, y las dos mujeres corrieron hacia la  ventana. En la acera de enfrente, un escape de gas había provocado una explosión en el edificio en  que vivía la señora Tillotson, cuyo apartamento se había hundido. “Si hubiese estado allí, dormida  -dijo un jefe de bomberos-, dudo de que hubiese salido con vida.”

¿Sería Helen sonámbula? ¿O su madre había tenido una visión psíquica? Sea cual fuere la  explicación, al parecer la madre o la hija habían presentido el peligro de la explosión, evitando así la  muerte de la señora Tillotson. Estos incidentes se denominan premoniciones y, aunque no son muy frecuentes, se han registrado suficientes casos para indicar que algunas personas pueden  entrever el futuro.

Asegurado por un sueño

A principios de 1979, Jaime Castell, un ejecutivo de hostelería español, tuvo un sueño en el que una  voz le anunciaba que nunca vería a su hijo, que debía nacer tres meses más tarde. Convencido de  que iba a morir, Castell contrató una póliza de seguros de siete millones de pesetas, pagaderos  sólo en caso de defunción. Unas semanas más tarde, cuando regresaba del trabajo conduciendo su  coche a 80 km/h, otro automóvil, que venía en sentido opuesto a unos 160 km/h, perdió el control,  chocó contra una barrera de seguridad, dio una vuelta de campana y cayó sobre el vehículo de  Castell. Ambos conductores murieron en el acto.

Después de pagar los siete millones a la viuda, un portavoz de la compañía aseguradora dijo que,  ante una muerte que ocurría tan poco tiempo después de contratar la póliza, lo normal era una  investigación a fondo. “Pero un accidente tan increíble hace que descartemos toda sospecha. Una fracción de segundo antes o después, y se hubiera salvado.”

Premoniciones masivas

A veces, varias personas presienten el mismo suceso. Muchas de ellas no tendrán una vinculación directa con  la tragedia prevista, pero otras, como Eryl Mai Jones,  serán víctimas de la misma. El 20 de octubre de 1966,  esta niña galesa, de 9 años, comunicó a su madre  que había soñado que, al llegar a la escuela, el edificio  había desaparecido: “Una cosa negra la había  aplastado”, dijo. Al día siguiente fue a la escuela de  Aberfan, y medio millón de toneladas de carbón de  desecho se deslizaron sobre el pueblo minero,  matando a Eryl y a 139 personas más, niños en su  mayoría.

Después del desastre, muchas personas afirmaron haber tenido premoniciones. Estas fueron  investigadas por un psiquiatra londinense, John Barker,  quien al finalizar su trabajo encontró que 60 de ellas  parecían genuinas. El doctor quedó tan impresionado  ante las pruebas de las percepciones psíquicas de la  tragedia, que a partir de aquel momento colaboró en la  organización de la Agencia Británica de Premoniciones, creada con el objeto de registrar y seguir las predicciones. Se esperaba que dicho  organismo podría advertir con anticipación sobre desastres similares y salvar vidas, pero hasta ahora  no ha demostrado ser útil.

Un intento similar para controlar las predicciones funciona en Estados Unidos. Existe la previsión de  que en un futuro próximo se producirá un sismo en la falla de San Andrés, y se espera que,  mediante el control de las premoniciones, sea posible predecir la fecha con objeto de organizar una  evacuación masiva antes del suceso.

Cuando Barker analizó las premoniciones sobre la tragedia de Aberfan, pudo apreciar que habían ido  aumentando gradualmente durante la semana anterior al desastre, alcanzando el punto máximo la  noche de la víspera. Dos agencias de premoniciones californianas -una en Monterey, al sur de San  Francisco, y la otra en Berkeley- están analizando en la actualidad las predicciones del público con  la esperanza de encontrar alguna pauta.

Los escépticos han objetado repetidamente que la información acerca de las premoniciones sólo se  publica después de los acontecimientos, y que la gran mayoría de las predicciones son descartadas  por erróneas. Esto puede ser cierto en muchos casos, pero hay excepciones.

El 6 de diciembre de 1978, un periódico escocés, el Dundee Courier & Advertiser, publicó un artículo titulado “El profeta no tenía billete”. Reseñaba la comparecencia de Edward Pearson, de 43 años,  ante el sheriff de Perth, acusado de viajar sin billete en el tren de Inverness a Perth el 4 de diciembre.

Pearson, descrito como “un profeta galés en paro”, decía dirigirse a ver al ministro del Medio Ambiente para advertirle acerca de un sismo que se produciría en Glasgow en un futuro inmediato.

Sin duda, los lectores del Courier se divirtieron con el artículo, pero no les hizo tanta gracia el  terremoto que les sorprendió en sus camas tres semanas más tarde, causando daños en edificios de Glasgow y de otras localidades de Escocia. Los sismos son poco frecuentes en Gran Bretaña; y  los profetas que los predicen menos frecuentes aun.

El Titanic estaba condenado

Seguramente la más notable profecía que se ha hecho fue la de la tragedia  del Titanic, el gran transatlántico que se hundió en su viaje inaugural en  1912, con numerosas pérdidas en vidas humanas. En una novela publicada  en 1898 y escrita por un autor poco conocido, Morgan Robertson, se  predecía el desastre con increíble exactitud.

La novela de Robertson trataba sobre un barco de 70.000 t, el transatlántico  más seguro del mundo, que chocaba con un iceberg en el Atlántico durante  su viaje inaugural, se hundía y la mayor parte de sus 2.500 pasajeros  morían porque, increíblemente, sólo llevaba 24 botes salvavidas, menos de la  mitad de los necesarios para evacuar a los pasajeros y la tripulación.

El 14 de abril de 1912 ocurrió la tragedia real, mientras el Titanic, de 66.000  t, cruzaba el Atlántico en su viaje inaugural. También chocó contra un  iceberg y se hundió. Y, como el transatlántico de la novela, no llevaba  suficientes botes salvavidas -de hecho sólo eran 20- y la mortandad fue  terrible. De las 2.224 personas que viajaban en la lujosa nave, 1.513 perecieron en las heladas  aguas. Robertson casi había acertado incluso en el nombre del barco, pues al de su novela lo  denominó Titan.

Otra obra de ficción sobre una tragedia similar había aparecido en una publicación londinense unos  años antes. Su autor fue el distinguido periodista W. T. Stead, quien añadió una nota profética al final  de la historia: “Esto es exactamente lo que podría suceder, lo que sucederá, si las naves zarpan con  pocos botes salvavidas.” Por una ironía del destino, Stead fue uno de los pasajeros del Titanic  que murieron en el naufragio.

Sin embargo, estos casos son poco frecuentes, y por cada predicción que se cumple hay quizás un  millar equivocadas. En 1979, la Mind Science Foundation de San Antonio (Texas) propuso un  experimento original para comprobar la exactitud con que la gente puede predecir un acontecimiento.

La estación espacial Skylab había comenzado a salir de su órbita y, aunque se sabía con seguridad  que terminaría por caer en la Tierra, se ignoraba cuándo y en qué lugar sucedería.

La Fundación invitó a personas con poderes psíquicos reconocidos -y a todo                    aquel que desease participar- a predecir la fecha de la caída del Skylab y el                    lugar de la Tierra en que se produciría. El experimento se denominó Project                    Chicken Little, y más de 200 personas respondieron a la llamada. Sus                    predicciones fueron analizadas y publicadas antes de la caída del Skylab y,                    virtualmente, todas resultaron erróneas: muy pocos se aproximaron a la                    fecha del retorno del Skylab (11 de junio) y menos aún adivinaron que                    aterrizaría en Australia.

Aunque los experimentos para probar que el futuro puede ser predicho no                    han tenido mucho éxito, parece que algunos individuos poseen el don de la                    profecía. Por ejemplo, Nostradamus, astrólogo y vidente del siglo XVI, hizo                    muchas profecías que al parecer se cumplieron. Pero no todo el mundo está                    de acuerdo con dicha interpretación. Consideremos ésta, por ejemplo:

Cerca de la bahía y en dos ciudades habrá dos azotes como no se han visto                    nunca. Hambre y peste dentro, gente expulsada por la espada llorará                    pidiendo la ayuda del gran Dios inmortal.

¿Qué es lo que predice? Los partidarios de Nostradamus opinan que se trata  de una predicción de las bombas atómicas caídas sobre Hiroshima y Nagasaki en 1945. Pero  nadie podría haberse servido de esta profecía para prevenir los hechos. En otras palabras, lo que da  credibilidad a los escritos de Nostradamus es el conocimiento a posteriori.

La vidente Jeane Dixon

Una vidente moderna es Jeane Dixon, quien predijo los asesinatos del presidente John F. Kennedy,  de su hermano Robert y del líder de los derechos civiles Martin Luther King. Su premonición del  asesinato del presidente se produjo 11 años antes del suceso.

Persona devota, había ido a rezar a la catedral de Saint Matthew, en Washington, una mañana de  1952, y cuando estaba ante una estatua de la Virgen, tuvo una visión de la Casa Blanca. Los  números 1-9-6-0 aparecieron por encima junto a una nube oscura. Un hombre joven, de ojos azules,  estaba en la puerta. Una voz anunció a Jeane que un demócrata, que llegaría a la Presidencia en  1960, sería asesinado durante su mandato. De forma aún más sorprendente, predijo también la  muerte de su hermano en 1968, mientras hablaba ante una convención en el hotel Ambassador de  Los Ángeles. Invitó al público a un interrogatorio y una mujer le preguntó si Robert Kennedy sería  presidente. Súbitamente, Jeane Dixon vio un telón negro que caía entre ella y el público, y respondió:

“No; no lo será. Nunca será presidente de los Estados Unidos a causa de una tragedia que  sucederá aquí mismo, en este hotel.”

Una semana después, Robert Kennedy era asesinado a balazos en el hotel  Ambassador.

Los escépticos, por supuesto, afirman que es imposible conocer el futuro. Muchos de ellos añaden que, hasta que no se demuestre en un laboratorio,  la existencia de la precognición no puede ser tomada en serio. Pero, aunque  ver el futuro a voluntad no sea cosa corriente, se conocen algunas historias  de premoniciones difíciles de explicar según las leyes de la ciencia  convencional, a menos que algo falle en nuestros conceptos del espacio y  el tiempo.

Un ejemplo de primera magnitud es la experiencia de Mark Twain. Antes de  convertirse en un escritor famoso, cuando aún se le conocía por el nombre  de Sam Clemens, trabajó como aprendiz de piloto en un barco a vapor, el  Pennsylvania, que recorría el río Mississippi. Su hermano menor, Henry,  trabajaba como administrativo en el mismo barco. Sam fue a visitar a su  hermana en Saint Louis, y mientras estaba en dicha ciudad tuvo un sueño muy vívido. Vio un ataúd  metálico apoyado en dos sillas, y dentro de él a su hermano, sobre cuyo pecho había un ramillete de  flores blancas con una rosa roja en medio.

Unos días más tarde, de vuelta en el barco, Sam tuvo una discusión con el piloto jefe del  Pennsylvania y fue trasladado a otro barco, el Lacey. Su hermano se quedó a bordo del  Pennsylvania, que remontaba el río dos días antes que el Lacey. Cuando Sam llegó a Greenville  (Mississippi), supo que el Pennsylvania había explotado frente a Memphis. muriendo 150 personas. Su hermano Henry, sin embargo, vivía aún, pero tenía quemaduras graves y Sam pasó seis días con  sus noches junto a él, hasta que murió. Agotado, se quedó profundamente dormido. Cuando  despertó, el cadáver de su hermano había sido retirado de la habitación y fue en su busca.

Lo encontró tal como lo había visto en el sueño. Henry estaba en un ataúd de metal apoyado en  dos sillas. Pero faltaba un detalle: las flores. Y mientras Sam miraba, una señora de edad entró  en la habitación con un ramillete de flores blancas y una rosa roja en el centro, lo dejó sobre el  cuerpo de Henry y se fue.

La visión de Mark Twain se había cumplido en todos sus detalles.


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